Si se quiere seguir el rastro de la Chardonnay (una de las regiones viñedo más famoso de Francia) por algunos de los lugares con los viñedos más generosos, el portal de viajes en el que rige el principio de “sólo máxima calidad” findertrip.com ofrece una vuelta al mundo sobre el aroma a fruta de la Chardonnay.
El ámbar tiñe las colinas y se refleja en los ventanales de la finca que las culmina. Los viñedos resplandecen a cada contoneo airoso, en hileras que alcanzan el final de la puesta de sol, que ordenan el caos del emerger de la naturaleza. Hay algo salvaje en cada una de esas uvas que contiene un sabor, un aroma, un golpe dulce que se convertirá en etílico al llegar al paladar. Es la esencia de una uva primigenia nacida en otra colina de oro: la Côte-d’Or.
La pequeña Chardonnay, esa variedad cercana al equilibrio cósmico. Sin embargo, no estamos frente al paisaje de la Borgoña, de la Francia más bucólica, ni siquiera entre las hondonadas de la Toscana italiana. Es la brisa del Pacífico la que mece la vid. Nos encontramos ante el Valle de Napa, en Estados Unidos de América.
Las condiciones orográficas y climáticas de este territorio californiano propician el crecimiento de la base de los mejores vinos blancos del mundo. Arribada a la Costa Oeste de EE.UU. hace apenas treinta años, la Chardonnay parece haberse adaptado a la perfección a otro rincón del mundo. Viajar hasta él, pasear entre esos viñedos que evocan otros paisajes, otros acentos, no deja de ser una experiencia que los supera. Es el espíritu del destino de cualquier buen caldo y en Napa han encontrado el sendero para llegar hasta él.
Sólo la ciudad de St. Helena, en pleno centro del valle, tiene más de cuarenta bodegas que ofrecen rutas por sus viñedos y la cata de sus vinos. Todo el valle, resguarda a más de trescientas. La bodega Beringer, una de las más antiguas y de origen franco alemán, ha cosechado premios internacionales para el Valle de Napa.
La bodega de Robert Mondavi, ubicada en la localidad de Oakville, destila personalidad en cada botella, sí, pero también en cada uno de los rincones de su viñedo y de la finca que contiene reminiscencias a la conquista del oeste. Algunos de sus blancos han conseguido altísimas puntuaciones en los certámenes internacionales. Catarlos allí donde nacen se convierte en el maridaje perfecto. Robert Mondavi lo tenía claro: “Compartir la buena comida y la buena mesa con la familia y los amigos es uno de los grandes placeres de la vida, especialmente cuando combinan a la perfección”.
Si se quiere seguir el rastro de la Chardonnay por algunos de los lugares con los viñedos más generosos, el portal de viajes en el que rige el principio de “sólo máxima calidad” findertrip.com ofrece una vuelta al mundo sobre el aroma a fruta de la Chardonnay. Con parada en el Valle de Napa (California), Canterbury (Nueva Zelanda), Hunter Valley y el Valle de Yarra (Australia) -además de programar visitas a las ciudades de San Francisco, Christchurch, Sidney o Melbourne- este viaje es un imprescindible para aquellos amantes del brillo de la Chardonnay en la copa, de la frescura en boca. La pequeña uva los recibirá con los brazos abiertos. Al viajero le costará desprenderse de ella.
